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La cerveza es la bebida alcohólica más consumida en el mundo. En términos generales, es la tercera en preferencia, después del agua y el té. Su historia se remonta a los orígenes de la civilización, cuando los primeros grupos humanos originalmente nómadas se asentaron de forma definitiva en las tierras fértiles de lo que hoy en día son los países del oriente medio.

Estos grupos humanos, futuros constructores de los imperios, fueron los primeros en escribir leyes, construir ciudades, dominar la agricultura y hacer cerveza. Es por esto que no es arriesgado afirmar que la cerveza tiene un lugar de importancia mayúscula en la evolución del hombre y la formación de sus hábitos alimenticios, sociales y culturales.

Tradicionalmente, la cerveza como la conocemos empezó a ser elaborada por monjes alemanes medievales, quienes fueron los primeros en agregar lúpulo a la fermentación del mosto. Con esto, la bebida adquirió su clásico sabor amargo, además de ciertas cualidades de preservación y de textura. La elaboración de la cerveza es entonces, en su origen, artesanal.

Con la llegada de las economías industriales, casi todos los procesos de elaboración de todo tipo de bienes para el consumo se ve sacudida desde sus cimientos. La producción industrial de todo lo que pueda ser producido comienza, para satisfacer una demanda, ya no local, sino global en su extensión. Adelantos como la máquina de vapor dan un empuje inusitado a estas nuevas formas de producción. Nuevamente, los hábitos de consumo y las relaciones sociales de los seres humanos se ven estremecidas hasta sus cimientos. Esto, como es de esperarse, afectó la elaboración de toda clase productos, entre los que no podía faltar la cerveza.

El siglo XIX, con las innovaciones en el campo de la refrigeración, ve nacer a la familia de las lager, cerveza de baja fermentación entre las que se cuenta a la pilsen, originada en Bohemia, en lo que actualmente conocemos como la República Checa. Hoy por hoy las pilsen o las cervezas hechas según su modo de fabricación son las más consumidas alrededor por los conocedores y aficionados alrededor del globo. Estos avances no habrían podido ser posibles de no ser por la sacudida que representó la revolución de la producción industrial y sus avances tecnológicos.

Vuelta a lo básico

Un fenómeno digno de seguir se ha venido dando en los últimos tiempos, relacionado con cierta forma de ver el mundo que privilegia la manufactura tradicional por encima de la producción estandarizada e industrial. De la mano de ciertas sub culturas urbanas, hoy en día son comunes los movimientos que proponen el regreso a ciertos valores tradicionales en la producción, sobre todo, de productos gastronómicos. Son movimientos que proponen el rescate de cierta autenticidad en los procesos de producción de bienes y servicios propios de tiempos pre o inmediatamente post industriales.  Y, como es de esperarse, el mundo de la cerveza no se quedaría indiferente.

Con una población joven desencantada por la excesiva estandarización del mundo en el que vivimos, en el que todo es producido en masa, por fábricas en las que los obreros han sido sustituidos por autómatas sin ningún tipo de calidez ni carácter humanos, la producción de cerveza artesanal encuentra un mercado potencial con inmensas posibilidades. Era de esperarse que la voz se corriera como pólvora alrededor del mundo. Y Latinoamérica no podía ser la excepción.

La cerveza artesanal en Latinoamérica

En Latinoamérica se producen y se consumen millones de litros de cerveza . Brasil, el gigante de este lado del mundo, es el tercer productor de la bebida a nivel global, y sólo es superado por productores China y Estados Unidos. La cerveza más conocida del mundo es la Corona, originaria de tierras mexicanas. La misma es vendida en alrededor de 150 países, Y es, en una gran parte de ellos, la cerveza líder en el segmento de las importadas.  Y, obviamente, aparte de producirse, también se bebe cerveza: 61 litros per cápita en México, seguido por poco por otros países de la región como Colombia, Perú y Chile.

Latinoamérica es un gran mercado, y sería un fenomenal desperdicio si no fuese aprovechado por los productores artesanales. Algunos datos sugieren que en países como México y Argentina el crecimiento experimentado por el sector en años recientes es de hasta el 40%, lo que es mucho si tenemos en cuenta que son pequeñas iniciativas que no alcanzan cuotas de producción o de posicionamiento en el mercado de marcas verdaderamente industriales.

Y es que el secreto está, aunque pueda sonar contradictorio, en la innovación y en el rescate de viejas tradiciones. Los pequeños productores optan por tipos de cerveza alternativos al gusto mayoritario, como las ales o de fermentación larga; oscuras como bock o la stout; llegando a extremos de innovación de incorporar sabores novedosos como la miel y algunas variedades frutales. Poco a poco, estas propuestas innovadoras se han ido abriendo paso entre el gusto de un público profundamente necesitado de experiencias estéticas novedosas, con necesidad de conocer nuevos sabores.

Tal vez sea muy pronto para juzgar si esto constituye una moda, algo pasajero, o una tendencia que terminará estableciéndose como una alternativa a la producción industrial. Es difícil predecir los movimientos del mercado y del gusto del público, por lo que saber cuántos de estos productores podrán adaptarse y sobrevivir a un mundo en constante cambio, donde las crisis son algo frecuente, es una tarea difícil. Pero, mientras tanto, disfrutamos de un trago de nuestra cerveza favorita, de entre la innumerable variedad para escoger en el sorprendente catálogo de cervezas tradicionales latinoamericanas.

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